Sembraron creencias que dieron su fruto.
Seres superiores que podían tender su mano tras nuestras plegarias.
Apariciones que dieron paso a rezos y rosarios.
Creencias y credos.
Una fe arañada desde la infancia.
Un cuerpo sagrado y sacramentado.
Somos tan poco, que nos hace falta el espejo de lo transcendente.
Aquellos que viven al margen del tiempo e hilan destinos no creen.
Lo parecen.
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