Me sentía tan rota que quería dejar de existir.
Tenía poco más de veinte años. Un amor fracasado. Una soledad insoportable. Una incapacidad comunicativa absoluta.
Tiré de mí y salí.
Me salvó pensar en la música.
Estando tan rota, ni leía, ni escribía.
En un bar de la plaza Real de Barcelona, queriendo acallar mis penas con cerveza, pensé en que la música me libera, porque su ritmo mueve mi alma dejando a un lado las palabras y los límites materiales.
Es posible que aquel destrozo emocional tuviera que ver con un desarreglo hormonal. Un embarazo interrumpido, terapéutico, decidido y condicionado.
Oculté al mundo todo lo que me acontecía. Me aislé. No confié en aquellas personas que decía eran familia y amigas.
Me busqué un pozo oscuro y bajé a él.
Medio siglo después miro y quisiera consolarme, cuidarme, arroparme.
Ayer el hijo de nuestros vecinos apareció muerto en el suelo de su habitación por la mañana.
Lloré al recibir la llamada de su madre.
No era muy joven. Cincuenta y pico, pero se sentía solo. Aunque vivía con sus padres. Le falló el trabajo. Le falló la relación de pareja.
Hay muchas hipótesis sobre su deceso.
Muchas.
En su último suspiro al otro lado de las paredes nadie supo.
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