Desde el ayer no puedes hablarme.
No puedo decirme nada.
Sólo queda que estoy porque estuve.
Transité unas vidas que ya no son mías.
Sé que estuve en el barro de lodos reales en una calle, callejón sin asfaltos y apenas iluminado en los retornos de ensayos, con temores que hoy me resistiría a afrontar.
Apenas once o doce años. Volver de esas sesiones joteras con las alpargatas de baile y las castañuelas en las manos, siguiendo el curso que me llevaba desde el coso alto al bajo y a nuestra calle.
Respirando, en el momento que entraba en el portón al patio y abría la puerta, de aquella que fue nuestra casa hasta aquel verano con dieciséis recientes, en que al fin ya no tocaría atravesar la calle con esa sensación a la espalda.
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