Los hombres que estuvieron con mis abuelas. Mis abuelos.
No lo tengo tan lejos.
Ellos tenían el papel principal.
Ellas parían. Trabajaban sin pausa día a día. Su opinión no contaba, o contaba poco.
Ellos lo daban por hecho.
Ellas lo asumían.
Reivindiqué un mismo trato.
Un hermano marcaba la diferencia de valor y trato.
Muchas veces refunfuñé y peleé.
Las mujeres de la generación de mi madre, y ella, en mi entorno parecía estaban bien.
Imagino que no planteaban o callaban.
Las mujeres de mi generación de mi familia y amistades, tampoco se enfrentaban.
Fui cortando con aquello que se suponía debía.
Muchas veces en silencio, porque el rechazo hiere.
Marchar alejándome de su mirada me permitió una libertad nueva, pero me privó del calor de esa proximidad emocional que se tiene cuando conservas viejas amistades.
Me fui alejando.
No me adaptaba allí, en el mundo en que estaba antes.
Me alejé.
No confié en su aceptación.
La vida nos cambió, pero nunca sentí acomodo en ese entorno.
Me limité al retorno vacacional familiar.
Dejé los encuentros, o me dejaron. Fue algo paulatino.
Muchas rupturas por mi parte.
Rechazaba quedarme. Me incomodaba. Me sentía fuera de lugar. Anhelaba el retorno al lugar elegido.
Desapego.
Sin raíces.
Una idealización de aquello que fue.
Dado que la vivienda ya no está a mi disposición, porque se vendió, ir es un paso que no quiero dar.
No quiero volver.
Eso me coloca fuera de lugar.
Muchas veces me inquieta y me siento en el exilio.
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